
| LOS MITÓMANOS KELIUM ZEUS Y JOAB MORALES CALDERÓN Y SU SECTA DESTRUCTIVA TAOEL ESPECTADOR (COLOMBIA)24-04-2005 Los monjes dicen que hay una persecución en su contra En las entrañas de los Tao Juan David Laverde Palma - Enviado especial a Santander No se sabe si está allí como una forma de alertar al visitante o de tranquilizarlo, pero una valla multicolor ubicada al costado izquierdo de esa trocha árida y empedrada que conduce al templo taoísta Sakroakuarius, avisa en tono desafiante: “Estimado conductor, siga tranquilo que ha entrado a los territorios de paz de las congregaciones Tao; no se deje creer de mentirosos, no hacemos retenes, estimamos y respetamos la libertad de nuestros semejantes”.
Allí mismo se ubica el primer círculo de seguridad del misterioso y hasta hace algunos meses sagrado templo Tao. Un hombre de vestir sencillo, que improvisa una camiseta blanca como un turbante, saluda desconfiado. Pide detener el vehículo en el que llegó el equipo periodístico de El Espectador. Lo revisa. Da un pequeño vistazo al interior del carro y luego pronuncia en tono solemne: “Los estábamos esperando, sigan adelante”. Una vez empieza a moverse el auto, se escucha decir por un altoparlante: “Llegaron los periodistas”. Era la primera vez —desde el 26 de noviembre de 2004, cuando cerca de 700 uniformados entre policías, soldados y agentes del CTI de la Fiscalía allanaron el templo— que los escasos monjes de esa comunidad que aún se rehúsan a dejar el Sakroakuarius recibían a un extraño. Minutos atrás, varios avisos a pocos kilómetros del lugar advertían a los visitantes: “Suba las ventanas, abejas africanizadas”. A unos 500 metros, en un leve descenso y como epílogo de esa trocha culebrera, se divisan las banderas ondeantes de varios países en donde la comunidad Tao tiene otras sedes. De Brasil, Alemania, Cuba, entre otras. Tres monjes reciben a los viajeros en el portón del templo, y sin mayor anestesia disparan una pregunta fulminante: “¿será que ustedes sí van a mostrar lo que verdaderamente hacemos aquí?”. Según dicen, todos los periodistas que los han visitado tergiversan la información. Por eso, justo antes de iniciar el recorrido por el interior del lugar, expresan nuevamente el recelo natural que les producen los reporteros. “Por favor, muestre la verdad, no somos unos matones ni guerrilleros, como nos han vendido en los medios de comunicación”, señala uno de los más antiguos monjes. Denuncias y arbitrariedad Todo empezó tras el informe preliminar del CTI de la Fiscalía en septiembre del año pasado. De acuerdo con 15 testimonios de ex miembros de la comunidad Tao, en el templo Sakroakuarius, liderado por Luis Gustavo Morales Sierra —conocido como Kelium Zeus y quien está prófugo de la justicia—, se cometían toda clase de delitos, que iban desde el secuestro hasta el acceso carnal violento, pasando por el tráfico de armas y de drogas. Dentro del expediente número 242.580 adelantado por un fiscal de la Unidad de Derechos Humanos, han declarado en su mayoría mujeres de unos 23 años en promedio, quienes aseguran que a principios de los noventa, cuando tenían entre 10 y 11 años, fueron ‘ofrendadas’ a Morales Sierra. Explicaron que Kelium Zeus, de quien dicen sus seguidores es la reencarnación de Lao Tse, abusó de ellas aprovechando su cercanía, ya que eran sus intérpretes. Pero, más grave aún, otros denunciantes aseguraron en la Fiscalía que todo aquel que intentó desertar del templo, ubicado en una finca conocida como Bogotacito, en la vereda El Taladro, a tres horas de Charalá (Santander), y denunció las presuntas irregularidades cometidas allí, ha sido asesinado. Incluso, el mismo día en que la Fiscalía efectuó el allanamiento en el Sakroakuarius fue ultimado en Bogotá Pío Décimo Painchault Sampayo, ex monje Tao y principal testigo en contra de Kelium Zeus y varios de sus más cercanos colaboradores. “Todas esas denuncias son embustes. El maestro Kelium Zeus sería incapaz”, asegura una de las pocas mujeres que aún habitan el templo. Y agrega otra: “Mire, yo fui la primera intérprete del maestro y desde que se levantaba estábamos a su alrededor filmándolo, escuchando sus enseñanzas. Los escribas eran los encargados de registrar todo lo que decía el maestro. ¿A qué horas iba él a violar a las intérpretes, si siempre estaba acompañado y lo estaban filmando?”. A renglón seguido explican con vehemencia que todo se debe a una campaña de desprestigio en su contra. “No nos queda duda de que todos esos testimonios fueron pagados con dineros oscuros de nuestros enemigos”, dicen. Reconocen que fueron avisados “por importantes personalidades de la vida pública que comulgan con nuestra forma de vida” sobre el cinematográfico operativo que prepararon las autoridades horas antes de inspeccionar el templo. Mientras pasaban las horas y se hacía más extenso el recorrido por los recovecos del Sakroakuarius, la conversación entre los monjes y los visitantes se hizo cada vez más fluida, menos tensa. Y, en un santiamén, de denunciados pasaron a ser denunciantes. La primera referencia fue sobre el tema del narcotráfico. “Es curioso que nos acusen de traficantes. Se supone que éstos ostentan lujos, y como pueden ver —dice uno de los monjes mientras apunta el dedo índice de su mano derecha hacia las ruinas de lo que alguna vez fue una casucha—, nosotros vivimos con lo necesario”. Y tras aquella gráfica referencia aseguran que muchas otras viviendas fueron quemadas por las autoridades durante su incursión militar en noviembre pasado. Aunque no sólo sus ennegrecidas y chamuscadas cabañas fueron víctimas de esta arremetida gubernamental. También, dicen, “se cometió el más grande apicidio en Colombia”. En el templo de extracción de jalea real, uno de los espacios más solemnes de las 2.500 hectáreas, envenenaron —de acuerdo con su cálculo— 28 millones de abejas. “Acabaron con la despensa de los alimentos, las bodegas de miel y melado, se robaron los equipos de amplificación, las consolas de sonido donde poníamos a diario las conferencias del maestro Kelium Zeus, quemaron la imprenta y varios computadores donde editábamos nuestros textos”, indicaron. Y recuerdan con sorna: “Ni siquiera con Pablo Escobar se desplegó un operativo de estas proporciones. Quisiéramos ver a esos 700 hombres que allanaron el templo como si fuésemos los peores delincuentes, rodeando al >f 651 Pero la Fiscalía desmiente las denuncias de la comunidad Tao. Uno de los investigadores del caso le dijo a este semanario que el operativo “se desarrolló con la legalidad necesaria y que es una exageración siquiera pensar que fueron envenenadas 28 millones de abejas e incineradas algunas de sus viviendas”. Verdad o ficción, lo cierto es que tan sólo unos 300 de los más de 2.000 monjes que había, permanecen en el templo Sakroakuarius. Del resto no se sabe nada. Pero no es lo único que los mortifica, pues aseguran que varios miembros de su comunidad, tras el allanamiento de la Fiscalía, “se enloquecieron” o presentan con frecuencia estados depresivos severos. Pese a que continúan practicando religiosamente las artes marciales y las ceremonias de su doctrina, alabando a Dios y leyendo con celo la Biblia, las cosas cambiaron desde “que violentaron nuestro sagrado templo”. Cuando se les pregunta por los asesinatos que se les endilgan, esbozan una pequeña sonrisa irónica y detallan la siguiente teoría: “Si un delincuente que pertenece al catolicismo comete un delito, la justicia lo procesa por su falta, no por su doctrina. Pero cuando un ex miembro taoísta asesina o es asesinado, inmediatamente se asocian los hechos con la filosofía Tao”. Otro de los monjes, el más veterano sin duda, interrumpe y añade: “¿Por qué no se investigan los antecedentes de todos esos que han matado? Aquí hemos recibido narcotraficantes, ladrones, asesinos que buscan regenerarse. Pero, una vez fuera del templo, no podemos responder por ellos”. Pero, ¿si Kelium Zeus es inocente, por qué huye de la justicia? La pregunta desconcierta por unos instantes a los monjes que acompañaron la visita de los reporteros. Pero antes de que el silencio se volviera insoportable, uno de ellos toma la palabra y sentencia: “Porque lo quieren matar tal como mataron a nuestro señor Jesucristo...”. jlaverde@elespectador.com
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